Si alguien te dijera consume cocaína cada noche antes de dormir, o cada vez que se siente estresado, aburrido o solo, te echarías las manos a la cabeza. Verías con total claridad una adicción destructiva, un peligro para su salud y una pérdida absoluta de control.
Sin embargo, cuando esa misma persona abre una pestaña de incógnito y consume pornografía bajo esas mismas emociones, la sociedad lo normaliza, en ocasiones incluso anima a ello. Se tiende a pensar que, al no haber una sustancia química entrando por la nariz o las venas, el impacto es cero. Pero la neurociencia nos dice todo lo contrario.
Desde Piénsatelo Psicología, el equipo liderado por Alejandro Villena, queremos plantear una metáfora directa pero rigurosa para entender por qué la pornografía es adictiva y por qué sus consecuencias son tan graves: la pornografía es, literalmente, cocaína digital.
Para conseguir cocaína, un adicto debe asumir riesgos: gastar mucho dinero, contactar con un camello, cometer un acto ilegal y desplazarse. Hay barreras físicas que, en ocasiones, frenan o retrasan el consumo.
La pornografía ha eliminado todas las barreras. El “camello” está en el bolsillo de cualquier adolescente o adulto las 24 horas del día. Es gratis, es anónimo y ofrece una novedad infinita a golpe de clic. Esta disponibilidad inmediata hace que el cerebro automatice el hábito muchísimo más rápido que con cualquier sustancia química. No hay tiempo para que la corteza prefrontal (nuestro freno de mano cerebral) reaccione y diga “para”.
¿Por qué la gente consume cocaína? Porque bloquea la recaptación de dopamina, inundando el cerebro de una sensación artificial de poder, euforia y placer. El cerebro archiva ese estímulo como “el más importante para la supervivencia”.
¿Qué hace la pornografía? Genera exactamente el mismo pico masivo de dopamina en el núcleo accumbens, pero utilizando un mecanismo evolutivo básico: el instinto sexual y la búsqueda de novedad (el llamado Efecto Coolidge). Cada vídeo nuevo, cada miniatura, cada pestaña es una descarga de dopamina. Tu cerebro no distingue si lo que estás viendo es real o una pantalla iluminada; solo procesa que ha encontrado “cientos de parejas sexuales disponibles”. El secuestro neurobiológico es idéntico al de la droga.
Cuando una persona se vuelve adicta a la cocaína, cada vez necesita más dosis y de mayor pureza para sentir el mismo efecto. Esto ocurre porque el cerebro, para no morir por sobreestimulación, destruye o apaga sus propios receptores de dopamina. Es lo que llamamos tolerancia.
Con la pornografía el proceso es milimétrico:
La gran trampa de la pornografía es que es invisible. No deja marcas en los brazos, no da positivo en un control de tráfico y no habrá muchas personas que te hablen de sus peligros. Pero arruina tu arquitectura cerebral. Destruye tu capacidad de disfrutar de los placeres naturales de la vida, distorsiona por completo tu forma de entender a las personas (convirtiéndolas en objetos de usar y tirar) y afecta a tu sexualidad y afectividad, causando un gran daño.
No siempre es sencillo reconocer o tomar conciencia de que existe un problema, más aun en una sociedad dónde hemos normalizado la pornografía como fuente de entretenimiento y placer. Pero es importante que nos informemos y nos hagamos preguntas importantes, que cuestionemos cómo nos han vendido hasta ahora la pornografía y seamos conscientes, de que aunque esta droga sea digital, no deja de ser una droga con todas sus consecuencias.