
Cada vez más padres comparten imágenes, vídeos y momentos de sus hijos en redes sociales sin ser del todo conscientes de las consecuencias. Lo que comenzó como una forma inocente de mostrar orgullo o de compartir la vida familiar se ha convertido en un fenómeno preocupante conocido como sharenting: la exposición constante de menores en Internet.
Según una reciente noticia de Telecinco, dos de cada diez niños aparecen en Internet antes incluso de nacer, y a los seis meses el 81 % ya ha sido “etiquetado” en algún contenido. La huella digital comienza mucho antes de que puedan decidir si quieren estar ahí o no.
El problema no se limita a la falta de conciencia. En muchos casos, estas publicaciones se convierten en una fuente de ingresos para padres e influencers que utilizan la imagen de sus hijos para ganar visibilidad o dinero. Como se menciona en la noticia, cuando un menor aparece en un vídeo, los “likes” se multiplican, y eso puede traducirse en contratos, colaboraciones o beneficios económicos. Detrás del éxito digital se esconde un riesgo claro: la mercantilización de la infancia.
El psicólogo Alejandro Villena, citado en el reportaje, advierte que muchos padres priorizan la aprobación social frente al bienestar del menor. Internet no es un álbum familiar, sino un espacio público donde la información puede ser copiada, manipulada o utilizada con fines dañinos. Las imágenes de menores pueden terminar en contextos inadecuados, incluyendo el ciberacoso o incluso la explotación sexual.
Más allá de los riesgos evidentes, hay un impacto psicológico que apenas estamos empezando a comprender. Crecer sabiendo que tu vida privada ha sido expuesta desde la infancia puede influir en la autoestima, la identidad y la sensación de control personal. Los niños y adolescentes que han tenido una exposición digital temprana pueden desarrollar una relación distinta con su intimidad y con el valor de su propia imagen.
Detrás del sharenting también hay dinámicas emocionales y sociales: la búsqueda de validación, la necesidad de mostrar una vida perfecta o el miedo a quedarse fuera de la conversación digital. En una cultura donde todo se comparte, no compartir parece una renuncia. Pero proteger la intimidad de los hijos es, en realidad, un acto de responsabilidad y amor.
Como recuerda Villena, necesitamos un plan integral que combine educación digital, ética tecnológica y acompañamiento familiar. No basta con advertir los riesgos: es necesario enseñar a discernir qué merece ser compartido y qué debe permanecer en el ámbito privado. Internet puede ser un espacio de conexión, pero también de exposición y vulnerabilidad.
En Piénsatelo Psicología creemos que hablar de redes sociales y salud mental infantil es urgente. La digitalización de la infancia no es solo un fenómeno tecnológico, sino también emocional y ético. La pregunta no es si debemos compartir, sino por qué lo hacemos y a qué estamos renunciando cuando lo hacemos.
Ya sabes que aquí nos cuestionamos las cosas.
Gracias por sumar 🙂