Aquello de “la charla” con tu padre, el libro de biología y la explicación de la reproducción en el colegio ha desaparecido prácticamente. Antes de que esto pueda llegar, los niños ya han sido bombardeados con contenido explícito a través de la pornografía, la cual, se convierte en su fuente de educación y referente a seguir.
En el podcast Desmopsico, nuestro psicólogo especialista Lucas Guallar puso sobre la mesa una realidad incómoda pero urgente: la pornografía se ha convertido, por defecto, en la principal “escuela de sexo” para muchos jóvenes. Sin embargo, no les enseña a conectar, a comunicarse ni a respetar; les enseña a consumir.
El cerebro de un adolescente no es una versión en miniatura del cerebro de un adulto; es un órgano en plena fase de “cableado” estructural. La corteza prefrontal —la zona encargada del autocontrol, la empatía y la toma de decisiones racionales— no termina de madurar hasta aproximadamente los 25 años.
Es importante tener en cuenta tres consecuencias críticas:
El porno comercial no es un documental educativo; es una ficción industrial diseñada para retener la atención del usuario a base de novedades constantes y estímulos agresivos. Al consumir masivamente en edades tempranas, los jóvenes interiorizan una idea de la sexualidad profundamente disfuncional y alejada de la realidad:
Nuestro psicólogo explicaba bien que sexo no es un producto que se consume de forma individual; es una experiencia compartida que requiere de empatía, comunicación y vulnerabilidad mutua. Es por ello, que la pornografía es el gran enemigo de una sexualidad y afectividad sana.
Prohibir el acceso completo a la tecnología es bastante inviable en el mundo actual; la clave reside en la prevención, la educación afectiva y el fortalecimiento del apego familiar.
Los estudios clínicos demuestran que en entornos familiares cohesionados, donde existe comunicación abierta y no hay hostilidad, el riesgo de desarrollar una adicción al consumo de pornografía se reduce drásticamente.
No hay una fórmula perfecta, y a veces no estamos preparados para los retos que supone vivir en un mundo completamente tecnológico. Pero es precisamente fuera de ese mundo tecnológico, donde podemos dar espacio a los niños, un espacio de seguridad, de acudir ante las dudas y el miedo, de sentirse escuchados y comprendidos, para poder enfrentar desde el respeto y la conciencia los retos a los que la tecnología nos enfrenta.